Descansa sobre el escritorio sin sospechar lo que está a punto de pasarle. Lentamente tomo cada lado de su envoltura y jalo en direcciones opuestas. El caramelo da vueltas al ritmo de su envoltorio, que se va aflojando y dejando ver lo que hay por dentro.
Cae desnudo sobre mi mano. Es café, ovalado y algo pegajoso por el calor. Lo pongo en mi boca para experimentar su sabor. Es algo amargo porque su sabor salió de un extracto que simula el de las matas colombianas de café.
Lo dejo un rato en la boca para que se suavice y ¡suas! lo trituro sin piedad en pedacitos. Cada mordida es una explosión en mis papilas. Es una sensación diferente a la primera, pues la corteza carece de mucho sabor, sin embargo, el centro contiene una especie de concentrado, que eso sí parece sacado directamente de una mata colombiana cosechada por el mismísimo Juan Valdez
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