miércoles, 18 de noviembre de 2009

Mito Adaptado - Prometeo

Toda la vida lo creyeron loco. Siempre experimentando con cables, encerrado en su laboratorio, así vivió este hombre. Con la cabeza en las nubes, llegó a crear inventos maravillosos y a dominar incluso el poder de la madre naturaleza.

El inventor consiguió que las palabras lleguen de un lugar a otro por medio de una caja casi mágica. “Es por las ondas radiales”, explicaba siempre a la gente, la cual no entendía de qué demonios hablaba; para ellos eso era magia y punto. Continuó con sus experimentos locos, apartándose cada vez más de la gente.

Frecuentaba un círculo de amigos también científicos, que muchas veces no podían creer las cosas que su amigo contaba. “Estás loco, ¿cómo vas a controlar la energía del rayo a través de un montón de cables?”, le preguntaban maravillados y escépticos. El inventor sólo se limitaba a un escueto “ya lo verán”.

Uno de esos amigos, quien ya se había ganado una excelente reputación como inventor, fue a visitarlo un día a su taller. Allí descubrió que el inventor había logrado lo que el quería más había fallado en hacer muchas veces: Domar la electricidad a través de un flujo de corriente. “Querido amigo, ¿te das cuenta del potencial de esto?”, le preguntó al inventor. Él respondió con su usual tono de soñador: “Claro, que por fin podremos dar electricidad a todo el mundo. Sólo imagínate, si seguimos desarrollando esta tecnología, la energía será gratuita para todos y jamás se agotará”.

El inventor había domado la electricidad y ahora se la daría a la gente. Su amigo, por otro lado, tenía planes diferentes a los suyos. Una noche, fue al laboratorio del inventor y robó los planos de la maquinaria y las redes de cables que servirían para llevar la electricidad a millones de hogares en el futuro. No pasó una semana hasta que el amigo regresará de manera infame a la escena del crimen. Tocó a la puerta y fue recibido por un inventor demacrado físicamente. No comía ni dormía desde que descubrió que le faltaban sus planos, que sus sueños se habían destrozado.

“Nikola, fui yo quien los tomó”, confesó el amigo. “Algo tan importante no puede estar en manos de un genio loco que cree que la gente merece las cosas gratis, ¡imagina el potencial de esto, seremos millonarios!”. El inventor no entendía por qué su confesión, hasta que le ofreció un puesto como socio minoritario en la futura empresa eléctrica que fundarían. “No Thomas, tu no lo entiendes, nada de esto fue pensado en explotar a la gente”, fue la respuesta del inventor a la propuesta. El señor Thomas Alba Edison se levantó, se puso el sombrero, y, antes de salir por la puerta, soltó un escueto “como quieras”.

Nikola Tesla moriría en la bancarrota y tendría que esperar décadas después de su muerte para recibir crédito por su extenso trabajo en el campo de la electricidad.

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