Juan jamás se impresionó con nada. Desde niño intentó sorprenderse, pero nada. Sus padres lo llevaron a ver a Papá Noel cuando tenía cinco años. Sentado en el regazo del barbuo impostor, ni tuvo otra reacción que jalar la barba falsa para constatar sus sospechas. Le resultó gracioso que la barba fuera verdadera, pero definitivamente no lo impactó.
De adolescente, cuando sus amigos empezaron a fumar, él llegó a fumar una cajetilla diaria sin perder su mítica velocidad para el futbol. Mientras sus compañeros, agotados de besuquearse con la Diva Nicotina, jadeaban pidiendo el cambio, Juan seguía en la cancha recuperando balones desde la defensa para luego dejar el polvo a los rivales y anotar magníficos goles. Como buen futbolista, desarrolló un festejo característico: ir a la banca a pegarse una pitada y echar el humo en la cara de sus compañeros.
Con el alcohol le pasó igual. Hasta graduarse tuvo que cargar a sus compañeros cuando lo desafiaban a un “pecho a pecho” . Su tolerancia al trago era tal que su padre comenzó a indagar si tenían algún linaje irlandés o finlandés.
De universitario siguió buscando algo que pudiera con él, con sus ganas de impresionarse. Pasó por las drogas recreacionales pero ni cuando porbó hongos y la señora de un cuadro se sentó a su lado para pedirle que la reemplazara un rato en el lienzo sintió impresión alguna. Probó de todo: tatuajes, salto bungee, la homosexualidad, pero nada.
Una chica había logrado mantenerlo interesado lo suficiente para buscar el salto de fé definitivo: el matricidio. La besó con convicción y sin chistar en el altar ante la mirada chuchacosa de sus padrinos. Probó el adulterio, intentó pelear con su esposa, pero seguía sin encontrar aquello que lo dejara sin aliento. El día que nació su primer hijo y cuando lo cargó en brazos se dijo a sí mismo: “¿qué tiene de especial un saco de piel y huesos chillón?”, sintió que tocaba fondo.
Fue en ese mismo hospital, mientras cuidaba a su esposa, cuando escuchó a un doctor explicarle a una familia que su hijo no había sufrido al suicidarse desde la cima de un edificio, porque la impresión siempre les causa un paro cardiaco antes de tocar tierra.
Sin chistar subió a la azotea y se paró en el borde. Se dejó caer cual saco de plomo y al tocar tierra supo que nada lo emocionaría. Ni la caída, ni ver un cuadro de Jackson Pollock pintado con sus órganos en el pavimento en los pocos segundos que tuvo.
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Interesante. No quiero ver los organos en el pavimento de nadie.
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